En aquel pequeño lugar…
Sábado, Noviembre 28th, 2009
…la paz era un concepto extraño ya que el viento soplaba con fuerza. Mucha mas fuerza que la de una agradable brisa puede ser, pero aun y todo la sentía como una caricia, su piel había pasado suficiente tiempo al aire como para entender que esa era su manera de existir.
Aquella ya era una tradición, aquel lugar era como abrir una caja de los recuerdos, le costaba alcanzarlo, lo llamaban “El Nido” una pequeña cavidad en las rocas tras una subida que podría llevarle a un buen susto si no estaba atento. En la bocana de entrada a aquel puerto había pasado muchas horas, la primera vez que la visitó hacía ya unos 15 años, aquel día animado por su amigo había subido por primera vez hasta El Nido. Aun podía recordar perfectamente la sensación de vértigo que le invadió en aquella ocasión cuando, como hoy, se sentó dejando descolgados sus pies a esos 25 metros de altura. Mientras estaba allí sentado un carguero entraba en el puerto, la entrada al puerto medía aproximadamente el doble que la manga del barco, pero de tan cerca parecía que aque barco hacía algo temerario intentando pasar por ahí.
En ese momento se fijó en el puente de mando del barco, allí había 5 marineros mirando a tierra, casi como acto reflejo no se le ocurrió nada mas que alzar el brazo y saludar, sorprendiéndose cuando los marinos le devolvieron el saludo con el estruendo de la sirena del barco.
Ahora, 15 años mas tarde, aquel era un sitio en el que esperar que el canto de las sirenas le tentase de nuevo a tomar rumbo, sabía que era el momento de tomar una decisión, ya había pasado mucho tiempo dando vueltas a las cosas, y era el momento de dar el siguiente paso. El carguero llegaba en ese momento, como lo hacía cada 15 dias aproximadamente y el lo esperaba como había hecho en muchas ocasiones desde aquella para verlo entrar, para saludarlo y para escuchar ese atronador saludo que el interpretaba como personal. Allí estaba el puente y allí había 3 marineros en esa ocasión, alzó su brazo y saludó, la sirena sonó por encima del viento entrando en su cuerpo, removiendo todo su interior, alterándolo, haciéndolo consciente de la fortuna de estar ahí, despertándolo del que había sido un letargo que había durado demasiado. Para cuando la sirena calló la decisión estaba tomada, se levantó, descendió por las rocas y se encaminó hacia su nuevo destino, mientras caminaba no pudo evitar acordarse de aquellos versos de Ítaca y su corazón latió desbocado lleno de esperanzas:
“La llegada a allí es tu destino.
Pero no precipites el viaje en absoluto.
Es mejor que muchos años dure.
Y que, ya anciano, arribes a la isla,
rico con cuanto obtuviste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Itaca.
Itaca te dio el hermoso viaje.
Sin ella no hubieras emprendido el camino.”


